La Leyenda de la Cueva de Cualventy en Oreña

De VALENTÍN USAMENTIAGA JAREDA
Miembro de la Institución Cultural Cantabria
Oreña febrero 1969

Si alguien se considera
Libre de pecado,
Que tire la primera piedra:
“Jesús ante la Samaritana”


A ese hombre pequeño de estatura pero grande de espíritu…

que se llama Rafael Pérez (Rafa) con un afectuosos saludo. EL AUTOR.

 

PRÓLOGO

Sabido es, que no hay un hueco en las sierras de Oreña que no estuviese poblado por los hombres del Paleolítico, pero, entre todas las cuevas hay una que por sus características y extraordinarias cualidades fue cita de una numerosa tribu, por su enorme yacimiento así lo demuestra. Esta cueva, situada al final del barrio de Perelada, lleva por nombre CUEVA DE CUALVENTY.

Corría el año 700 y en el pueblo de Oreña había un pastor que tenía al cargo un numeroso rebaño de ovejas y cabras. Llamábase Tío Luna, casado con Tía Nicasia quien le ayudaba en todo lo posible, procurando ella que no le faltase la pila de leña durante el frío invierno.

La zona de pastos de tal rebaño abarcaba desde Cildá hasta Padruno y en los días muy crudos concentraba sus reses por los alrededores de la cueva de Cualventy, en la cual, si nevaba las metía dentro, mientras él se calentaba gracias a la leña almacenada por su esposa.

Fueron muchas las veces en que el tío Luna tenía que calentarse cada invierno, al socaire de aquella cueva. No hacía más que sentarse cuando al momento acudía a su imaginación la obsesión de siempre, era como una manía persecutoria; miraba a derecha e izquierda, lo mismo que para el suelo y viendo la cantidad de huesos, llampas, caracoles de mar y cuernos de todas clases, así como sílex de varios tamaños.

Todo ello, le sacaban de su pasmosa tranquilidad y se rompía la cabeza pensando:

¿Quiénes habitaron la cueva? ¿Cuántos vivieron en ella? ¿Dónde dormían? ¿En qué sitio comerían? Donde cocinaban ya lo veía, pues, en el extremo de la cueva estaban las señales de humo, como hollín negruzco todavía, pero, seguía preguntándose ¿Quién sería el jefe? Y… ¿Cómo les distribuiría…?

Llevaba algunos años así el Tío Luna, cuando una tarde, oscureció de pronto y dirigiose con su rebaño a la cueva; a la vez, se desencadenaba una horrible tormenta y, llegando a buen techo renovó sus reflexiones.

Estando sentado Tío Luna, no se atrevió a encender el fuego; colocándose de cara a la cueva, al revés de cómo acostumbraba hacerlo de ordinario.

Allí estaba aguantando el temporal, lo que entre el eco de la cueva y el ruido de los canales de Cildad, sintió miedo, mejos, pánico. Las ovejas le rodearon, éstas temblaban pero él, ni por esto olvidó lo que siempre tenía en la cabeza y en aquel momento estaba pensando lo que harían aquellas pobres gentes cuando se improvisaba una tormenta como aquellas:

¡Si estas paredes hablaran!

No había terminado el Tío Luna de pronunciar estas palabras cuando, al poco cesó la tormenta y en un silencio sepulcral y desde lo más profundo de la cueva salió una voz clara pero muy apagada que dijo:

“Yo soy el espíritu de Cualventy y voy a saciar tu curiosidad. No van a ser las paredes, voy a ser yo quien te va a contar la historia de esta tribu que durante muchísimo tiempo vivió en paz.

“En esta cueva fue muchos años su reina Tía Cildá por el hecho de haber muerto su marido en la lucha contra un bisonte cuando dirigía a unos hombres en grupo que salieron por la mañana en busca de carne para la tribu. Al destacar su hijo en la caza y pesca, su madre le dio la jefatura de esta tribu, después de demostrar su extraordinario valor en numerosas ocasiones.

Este jefe, se llamó Tío Canales, era mi padre, quien logró que la tribu se multiplicara al haber muy pocas enfermedades, estas eran las peores enemigas de todos los lugares. La tribu siguió progresando, hasta llegar a cobijarnos entre estas paredes de roca tantos habitantes como hoy tenéis en Oreña.

Así vivía esta tribu feliz y en progreso hasta que un mal día, habiendo salido de caza un grupo de hombres y al frente de ellos mi padre, vieron un toro salvaje, ejemplar raramente visto por aquí; le persiguieron hasta venida la noche, ya lo tenían malherido pero, la oscuridad obligóles a abandonar hasta el día siguiente que con luz abundante del nuevo día reanudarían su captura. Todos venían muy contentos con la seguridad de dar caza aquel toro mañana y, no faltando mucho para la cueva cuando en la oscuridad mi padre tuvo un despiste: pisó en falso y cayó al vacío en una profunda sima que hay cerca de la cueva llamada Torca de Royales. Aquella noche no pudimos hacer nada, yo, recuerdo que era un niño, oía los lamentos desde arriba, pero hasta el día siguiente tuvimos que desistir. Con la claridad del día comenzaron los trabajos de salvamento, se juntaron todas las veligarzas que hicieron falta, anudadas ya, bajaron al fondo de la torca con muchas dificultades lograron por fin sacarle muy malherido. Los curanderos le practicaron todas las medicinas necesarias, desde la infusión de ortigas hasta bálsamo de ajo de unsatil, y todo inútil, mi padre cada día decaía más, todos los cuidados que se tuvieron con él fueron en vano. Una mañana, al bajar la marea, salieron Vendaval y Gamo para avisar a los hombres que faenaban en el mar diciéndoles:

El Tío Canales ha muerto.

Salieron todos con los mariscos que tenían y en un momento llegaron a la cueva. Toda la tribu sintió su pérdida sin excepción de nadie. Fueron días de lágrimas por el buen Tío Canales.

Pasaron algunos años; yo, ya era mayor y mi madre me dio por compañera a Costala, una gran moza de la tribu de Marbuena. A los pocos días mi madre, reunía a toda la tribu y ante ella, me nombró jefe, lo cual, recibieron con gran agrado. La tribu tuvo muchos días fiesta y, desde ese día fui el jefe de esta tribu que por ello lleva el nombre de Cueva de Cualventy.

La cueva tiene una organización perfecta; había en ella por curanderos a Tío Congrio y a Tía Arnica que era un buen matrimonio, de correos a Vendaval y Gamo, fabricantes de flechas a Tía Alicuerno y Tía Almora, las pieles curtíanlas Tío Sabiedes y Tía Cellisca, la cocina estaba al cargo de Tío Ciruelo y Tía Ardilla, el agua la traían el Tío Rámilo y Tía Bellota y también Tía Lagarta y Tía Villería; teníamos por jefes religiosos o brujos a Tío Buho y a Tía Nietova, instruía a los niños Tía Urraca. El jefe que mandaba el grupo de la caza era el Tío Acebo y el de la pesca Tío Tiburón y la alcagüeta de la tribu era la Tía Cotorra.

Llevábamos Costala y yo casados un año cuando tuvimos una niña muy hermosa a quien  la pusimos por nombre Colva. Se crió con mucha salud y sin enfermedades. Pronto se distinguió como la mejor moza de la tribu. Fueron pasando los años y un buen día recibí la visita de Tío Bayusero y Tía Conchuga que eran jefes de la tribu de la Barbecha. Aquí pasaron el día y en nuestro reservado comimos sirviéndonos la comida Colva. Estos se quedaron prendados de ella y al finalizar la tarde cuando todo era alegría el Tío Bayusero me pidió la mano de Colva para su hijo Salmonete. Yo, no cambié impresiones con nadie, ni tan siquiera con Costala pues, sólo pensar que un día fuese la Reina de la Barbecha dio lugar a contestar un sí rotundo.

Despedimos hasta los Pandos y regresamos a la cueva. Al otro día, cuando salí a la terraza de la cueva sí oí discusiones y malas caras, pero lo atribuí a algún fallo de alguna pieza de caza, cosa corriente. Al cabo de unos días un grupo de mujeres salieron por castañas y bellotas a la Canal vieja, entre ellas iba Colva. Ya habían recogido bastantes y se fueron a la orilla del hoyo en donde había un castaño mayo y en llegando salió una enorme osa que tenía a su cría dentro de la cueva pegó un rugido cuyo eco retumbó en las Canales y abalanzose sobre las mujeres. Al oírlo desde aquí salieron en su auxilio un grupo de hombres quienes en un momento llegaron a la Canal vieja; ya había herido a varias mujeres, algunas pudieron salir huyendo del hoyo, no así Colva quien salió corriendo por donde no tenía salida y refugiándose en una grieta de la piedra, de nada sirvió pues la osa le metió la garra y Colva, igual que una hoja al viento; ella gritaba, se veía perdida ante aquella mole celosa, la volvió a atrapar con sus garras y un minuto más hubiese quedado destrozada de no llegar en el crítico momento el más destacado mozo de la tribu que sin recatarse y mirar el peligro, se lanzó sobre la fiera con su lanza y atravesó su corazón. La osa lanzó un rugido de trueno y cayó rodando sin vida a la vez que, Salce, levantó a Colva quien estaba herida. Colva conmocionada dijo estas palabras:

Te debo la vida, Salce, que desde hoy es tuya si no la desprecias.

Salce cargó con Colva hasta la cueva y los demás despellejaron a la fiera, partiéndola en grandes trozos la llevaron a la cueva. Lo que yo ignoraba era que Salce y Colva estaban enamorados y ésta era la causa de los comentarios y malas caras que yo vi.

Pero si aquel día hubo comentarios, muchos más y más serios ocurrió desde este, en que Salce, salvó la vida de mi hija, lo supe porque llamé a Tío Sabiedes y a Tía Cellisca, preguntándoles qué ocurría en la tribu, me pusieron al corriente de ello y Tía Cellisca me faltó con insultos graves creyendo que yo despreciaba a su hijo, cosa que no era cierto, pues, repito que ignoraba los amores de Colva y Salce. Sin embargo, había dado mi palabra y esta se cumpliría. Al decirles esto, salió con ello al paso el Tío Sabiedes quien me habló tan duro que llegando a las manos no tuve más remedio que al final expulsarle de la cueva.

A los pocos días supe que habitaban la cueva de las Cacheruelas en Cubías. Si con esto, creí que habría paz en la tribu, me equivoqué; de día en día crecía el descontento las desobediencias y, hasta llegó el caso de que¸ unos días más tarde nos disponíamos a preparar una marcha para salir de caza resultando que no había ninguna flecha preparada, con la expulsión de tío Sabiedes y tía Cellisca, la tribu se había quedado sin sombra y no había terminado de pronunciar la palabra cuando en un ataque de nervios los eché de la cueva sin contemplaciones y a los pocos días me enteré por tía Cotorra, que era la más fiel a mi persona, vivían en una cueva de las Ojáncanas en Hoyos.

Después de esto, hubo aparente tranquilidad en la tribu, aunque nunca volvió la tranquilidad de antes.
Salce vivió unos pocos días más en la tribu y cuando los padres prepararon la cueva, se fue con ellos a Cubías; también visitaba todos los días a Tío Alicuerno y Tía Almora, dando la vuelta en redondo a todo el valle de paso que iba cazando.

Todos los días desde lo alto de la Cueva de Cualventy  y envuelto entre la maleza, contemplaba un buen rato a Colva sin que esta ni nadie le viese. Al regreso, dejaba una buena pieza de caza a Tío Alicuerno y el resto lo llevaba a su cueva. El solo alimentaba a los que Tío Cualventy expulsaba.

Al paso del tiempo un día espléndido de sol llegó a la cueva una extraordinaria embajada, compuesta por el jefe de la Barbecha, su hijo Salmonete, el brujo de la tribu y dos muchachos. Los recibí según su categoría merecía; mandé a Colva nos sirviera la comida que consistía en un ciervo de cría bien asado y unos percebes; también bebimos vino de las riparias de Triscoterio y, a los postres, me dijo que venía para cumplir mi palabra, llevándose a mi hija Colva. Mi palabra se cumplió y al caer el sol, la despedí emocionado junto con la comitiva.

Ya, al salir, me di cuenta de la ausencia de los habitantes de la cueva en la terraza, por primera vez sentí tristeza más que miedo.

Tía Nietova que era nuestra bruja con Tío Buho, no estaban de acuerdo conmigo, al ver llegar a los forasteros se olió la tostada y llamó a Vendaval para que fuese a avisar a Salce de lo que ocurría, así lo hizo y en un momento, llegó a Cubías y contó lo que ocurría. Fue grande el disgusto de Tío Sabiedes quien prohibió a Salce que saliese de la cueva, pero este, por primera vez desobedeció a su padre.

Cogió su arco y una extraordinaria lanza y salió como una centella rumbo al Caracolero y a dos pasos de kilómetro llegó a los Pandos que era por donde tenían que pasar la comitiva. Salce, llegó al camino, clavó su lanza en la tierra y se sentó tras un enorme acebo que había allí. No esperó mucho cuando oyó unos gemidos lastimeros, que no tuvo que preguntar de quien eran; Colva desde que perdió de vista a sus padres era un mar de lágrimas.

Venía delante Salmonete y de improviso dijo:

¡una lanza padre!

Todos se pararon, al tiempo, salió Salce y encarándose a los jefes de la Barbecha. Pasaron unos segundos de silencio que fueron rotos por el Tío Bayusero con estas palabras:

¿Quién eres tú muchacho que te atreves a cortarle el paso al jefe de la Barbecha?

Yo soy Salce, el hombre que puede disponer del corazón de esa mujer que lleváis robada.

Pero tú rufian, ¿vas a romper el juramento del jefe de la tribu de Cualventy, que es su padre?

Arrancó Salce la lanza y todos dieron un paso atrás y dijo:

El jefe de la tribu Cualventy no puede disponer del corazón de una mujer que hace tiempo tiene su dueño.

Y, ¿quién es su dueño? –preguntó Tío Bayusero.

El dueño de ese corazón es este hombre que tiene su lanza en la mano dispuesta para defenderla y si hay alguien que se atreva a discutir la razón, aquí estoy con ella en ristre.

Pasaron unos minutos de silencio. Salmonete permanecía igual que los demás y, en vista de ello, Salce lanzó un grito que retumbó en los Pandos diciéndoles:

¡¡Cobardes!! Soltad a esa mujer ahora mismo si no queréis quedar atravesados todos por la punta de mi lanza-. Mudos seguían y Salce, se dirigió a Colva, la tomó por un brazo y apartándola del grupo al tiempo que tiró su lanza al suelo y mandolos pasar a todos por encima lo cual así hicieron sin pronunciar palabra, siguiendo luego el camino rumbo a la Barbecha.

Salce cogió de la mano a Colva y sin mediar palabra salió andando, dejó atrás Balcao, El Caracolero, el Carbón y llegó a Cubías con ella. Se encontró con Tío Sabiedes y Tía Cellisca quienes al ver a Colva la recibieron con los brazos abiertos, pero a la vez presos de pánico por las represalias que pudiera tomar Tío Cualventy.

Se reunieron todos para decidir lo que debían hacer. Después de muchas deliberaciones, acordaron en llevar a Colva a la cueva de Pigüezo que está a doscientos metros de distancia y encima del mar, la cual es inaccesible. Allí llevarían su comida y a Salce no le vería nadie, dando la sensación de que había desaparecido de la región, cosa que así se hizo.

Tía Cotorra siguió desde lejos a tío Bayusero y su comitiva hasta los Pandos. Vio el desenlace pero no pudo oìr nada por quedarse a distancia y bien escondida, así es que, al poco tiempo lo supo Tío Cualventy quien sentado con la cabeza entre las piernas permaneció casi toda la noche en esta postura. No así Tía Costala que no había medio de callar su llanto.

No te apures Costala –le decía Tía Cotorra- que muy pronto sabré donde están.

Al amanecer del día siguiente salió Tía Cotorra muy de mañana dirigiéndose a Cubías, llegó a la cueva y mucho se extrañaron Tío Sabiedes y Tía Cellisca de su visita ya que desde que habían sido expulsados de Cualventy no les había visitado nunca.

¡Buenos días Tía Cellisca! ¿Cómo estáis?

Muy bien Tía Cotorra y muy tranquilos.

¿Tranquilos?

Sí, aquí hay paz.

Pero … ¿dónde tenéis a Salce?

Salió ayer de caza y estará con Tío Alicuerno y Tía Almora. No tardará mucho en venir porque después nos cuesta mucho quitarle las pieles a los animales. Ya le tengo preparado aquí una tartera de barro con caldo de pato para cuando llegue.

A Tía Cotorra había que decirle poco y al revés. No cambió más palabras Tía Cotorra y se despidió poco pensaba ella que aquel caldo era para Colva.

No hacía muchas horas que marchara cuando llegó Vendaval con el encargo de Tío Búho y Tía Nietova para que le contase todo lo que supiesen de Salce y Colva. Se sentó Vendaval comió con ellos y le pusieron al corriente de todo y le encargó que viniese Tío Búho tan pronto como pudiese sin despertar sospecha en la cueva de Cualventy.

Era media noche en Cualventy, todos dormían vigilaba la entrada Vendaval; éste era fiel al brujo y sabían donde estaba Colva y Salce. Se levantó el Tío Búho y le dijo Vendaval que le acompañase a Cubías, cosa que llegaron en un momento. Se levantó Tío Sabiedes y Tía Cellisca y le pusieron en sus manos el conflicto que tenían delante. El Tío Búho ya había pensado de antemano la solución preguntó por Salce quien a cien metros entre las cuevas vigilaba la seguridad de sus padres y Colva, dió un silbido Tío Sabiedes y en un momento llegó Salce quien besó en la frente al brujo como era de costumbre. Mandó a buscar a Colva lo cual hizo Salce con grandes trabajos pues la bajada de la cueva era difícil, llegó Colva y besó en las manos al Tío Búho, éste, mandó traer unas hojas de laurel, las prendió fuego y cuando estaban al rojo  metió en ellas un cuerno de ciervo y cuando empezó a arder el cuerno y dar humo; juntó a los dos y con una hoja de capaza les ahumaba al igual que emplean los sacerdotes en nuestros días y luego de dirigirles unas frases convirtiólos en matrimonio diciéndoles que ocuparan la cueva donde estaba Colva y que esta no saliera de ella si no fuera por la noche y con mucha precaución.

Terminada la ceremonia se cumplió la palabra del brujo a rajatabla. Cuatro personas tan solo había en la Cueva de Cualventy que sabían el paradero de Salce y Colva, eran: Tío Búho, Tía Nietova, Vendaval y Gamo. A buen seguro que el secreto no salía de ellos pues Vendaval no estaba con sus padres y le tenían allí para espiar ya que el brujo le había leído las leyes penales y así supieron demostrarlo en muchos años aunque se encontraron en momentos difíciles muchas veces.

Bastante tiempo antes de amanecer Tío Búho estaba durmiendo y Vendaval de centinela, llegó el día sin que nadie sospechase una palabra.

Pasó el tiempo y los hombres de Cualventy salieron de caza, al llegar el Sol, se encontraron con un caballo salvaje y le fueron cercando hasta conseguir meterlo en el hoyo de las pistolas. Fueron muchas flechas las que dispararon a placer pero el caballo salió con vida. Muy fuertes fueron las palabras por este fallo que lo achacaron a la ineficacia de las flechas. Desde que Tío Alicuerno salió de la cueva, disminuyó la caza y no había quien preparase las flechas como él. Al enterarse Tío Cualventy que no traían nada se encaró a Tío Acebo quien mandaba la expedición y este por primera vez le faltó a la disciplina diciéndole que solo él era el causante. Fue grande la bronca y, en esta ocasión no fue Tío Cualventy quién le echó, dio vuelta, cogió a su mujer e hijos y marchóse de la cueva rumbo a Hoyos en donde había unas cuevas más. Con la ayuda de Tío Alicuerno y Tía Almora, habitaron una y allí siguieron viviendo.

La tribu de la Barbecha estaba en fiestas con los preparativos para recibir a la futura Reina. Eran extraordinarios el menú que tenían preparado para la llegada de la comitiva en su colmo: sopa de grajo con puntas de bardas tiernas y sabrosas cuculinas, después media liebre por cabeza y de postre higos negros de Mahorteo. Abundaban los cántaros de vino de las riparias de Bustablado y sólo faltaba la llegada para que los enormes tambores de calabaza con sus tapas de cuero de cordero, empezaron a resonar en lo alto de la Barbecha para dar principio a la fiesta.

Mucho tardaba en asomar la comitiva y al fin, los vigías dieron vista a lo lejos y Tía Conchuga dió la señal para que empezase la fiesta los pitos de cañas y los tambores de las calabazas formaron tal folklore que se oían desde las demás tribus las cuales sorprendidas mandaron a sus correos a enterarse de lo que ocurría en la Barbecha.

Pero no duró mucho la fiesta, al poco rato llegaron los componentes de la embajada muy tristes y cabizbajos y lo peor es que no venía con ellos Colva. Paró la música ratonera infernal al ver las caras que traían. Todos querían saber pero Tío Bayusero y Salmonete entraron con Tía Cochunga dentro de la cueva, el brujo se fue a su aposento y solo los dos muchachos quedaron fuera pero sin pronunciar palabra, estos se veían acosados a preguntas por toda la tribu hasta que por fin rompieron a hablar y cuando contaron lo sucedido se formó un griterío y todos estaban dispuestos a rescatar a Colva, pero, ante tan tremendo escándalo salió Tio Bayusero y ordenó silencio. Cuando se restableció dio una explicación a su tribu y les izo ver que la lanza por la que ellos habían pasado era muy difícil de vencer y por el bien de la tribu les ordenaba que todos se fuesen a sus ocupaciones. Poco a poco todos se fueron, comentando el caso.

LA CIGÜEÑA LLEGA A PIGÜEZO

Mucho tiempo había pasado desde los acontecimientos de Cualventy y la paz era completa en el valle. Una noche llegó Salce a Cubías para dar una noticia a sus padres. Colva se encontraba mal  y esperaban un descendiente. Mandó Tía Cellisca a Salce  que fuera a buscar a Tía Almora y acompañado por Vendaval que ya estaba con sus padres en la cueva de Hoyos, salieron para Cubías, desde donde fueron Tía Cellisca, Tía Almora, Salce y Vendabal hacia Pigüezo donde con mucho trabajo subieron con ayuda de estos a la cueva. Allí permanecieron las mujeres al cuidado de Colva hasta que esta trajo al mundo un niño extraordinario comparado con los demás. Su apariencia era la de un ser gigante, se crió con buena salud poniéndole por nombre León. Al cabo de los años, cada uno que cumplía coincidía con la salida de las crías del nido de cuervo que había a dos metros de altura por encima de la cueva.

Salce, cada vez que las crías del cuervo desaparecían, subía una bola del mar y la almacenaba en un rincón de la entrada de la cueva. Vendaval y Salce habían organizado una salida de caza y salieron de mañana, quedando sola Colva con León en la cueva. Era mediodía cuando Colva se disponía a preparar la comida, encaramóse León por una de las paredes de la cueva en busca de una piel de zorro que tenía Salce curtiendo en lo alto dejando ver el rabo de ésta y, cuando fue a cogerla, resbaló y tuvo una aparatosa caída rodando de piedra en piedra hasta caer al fondo de la cueva donde hay dos pequeños lagos que gracias a estos pudo salvar la vida.

No pudo evitar que en la caída rozara con un saliente de la piedra y se hiciese una enorme brecha en la frente. A los gritos de León llegó Colva que al sacarle con todo el rostro ensangretado se asustó y empezó a gritar, pero nadie la podía oír ni ella podía salir por sí sola. No sabía qué hacer pues León sangraba mucho, de momento pensó taparle la brecha con la piel de un topo y sujetándola con unas juncias logró que dejara de sangrar. León estaba sin conocimiento y así quedó hasta el anochecer que llegaron Salce y Vendaval. Al oírles, Colva, salió dando gritos subiendo los hombres en un momento y al ver a León quedaron impresionados.

Salce mandó a Vendaval que fuese a Cubías donde sus padres y les contara el caso para que vinieran enseguida, cosa que así hicieron y, antes, entre Salce y Vendaval le subieron a la cueva.

Tío Sabiedes al darse cuenta de la gravedad de su nieto le dio a Vendaval estas instrucciones:

Vete ahora a Cualventy, vas a saludar a Tío Búho y Tía Nietova contándoles lo ocurrido sin que nadie sepa nada de lo que ocurre y ellos sabrán lo que hay que hacer.

Así lo hizo Vendaval y al llegar a Cualventy fue directamente al apartado de los brujos y éstos al verle adivinaron que algo grave ocurría. Se lo contó Vendaval el caso y Tío Búho le dijo:

Serénate que nadie se dé cuenta que ahora voy a solucionarlo.

Salió el brujo y fue donde Tío Congrio y Tía Arnica diciéndoles:

Tengo aquí a Vendaval a hacerme una visita. Vamos a ver –le dijo a Tía Arnica-.

Salieron los tres al reservado del brujo donde saludaron a Vendaval y al preguntarle por Tío Alicuerno y Tía Almora se adelantó Tío Búho y les dijo:

Creo que anda mal de una caída pues se hizo una brecha en la cabeza bastante grave.

El Tío Congrio dijo que irían enseguida a curarle pero se opuso el brujo haciéndole ver lo que ocurriría con Tío Cualventy al enterarse.

Lo que puedes hacer es que les des tus medicinas y le cures como tu le mandes.

Los remedios de Tío Congrio y Tía Arnica así se hicieron y Tío Congrio vino al momento con dos cuernos de toro el uno con ungüento de ortigas –que consistía en ortigas machacadas con sebo de lagarto-, pero antes, tenía que lavarle la herida con agua de nogal y piel de erizo, de castañas pilongas que contenía el otro cuerno y le taparan la herida con el filtro que tienen las cañas en los nudos tapándola después con pieles de   topos.

Vendaval dio las gracias a todos y se despidió de muchos habitantes de la cueva y ya, cuando no les vio empezó a correr y al poco llegó a Pigüezo.

Subió a la cueva y allí estaba León sin conocimiento todavía. Vendaval hizo las curas tal como le mandó Tío Congrio, al lavarle la herida se horrorizaron de lo terrible que era. Después de curado lo acostaron cerca de la lumbre y allí quedó rodeado de sus padres y abuelos. Vendaval fue a su cueva de las Ojancanas a comunicarle a Tío Alicuerno y Tía Almora lo que pasaba y ya de noche salieron los tres para Pigüezo donde pasaron la noche con los familiares. Hasta el mediodía del día siguiente no empezó a recobrar el conocimiento León quien rompió a llorar dando fuertes gritos.

Aquel día se quedaron allí todos y al anochecer ya daba claros síntomas de mejoría León y, Tío Alicuerno y Tía Almora abandonaron la cueva para marcharse a la suya acompañádoles Vendaval regresando luego ya que las curas  corrían a su cargo y seguiría las instrucciones del curandero al pié de la letra.

Al día siguiente León tenía mucha fiebre, esto les inquietó mucho y Vendaval sin mediar palabra salió de la cueva dirigiéndose a Cualventy de nuevo.

Fue en busca del brujo y le contó lo que pasaba.

Este fue donde Tío Congrio diciéndole qué pasaba y le contestó lo siguiente:

Al llegar le ponéis una hoja de lechuga debajo del sobaco izquierdo. Si al rato la hoja se pone negra y se encoge le dais caldo de setas y a continuación leche de cabra.

Con estas instrucciones salió Vendaval para la cueva e hizo todo cuanto mandó el curandero y, efectivamente la hoja de lechuga casi desapareció en un momento, le dieron enseguida el caldo de setas y a continuación la leche, luego se quedó dormido.

Cuando se despertó se sentía mucho mejor y en unos días ya estaba casi bien, no así la herida que tardó mucho tiempo en cicatrizar.

El Tío Cualventy pasaba los días meditabundo y cabizbajo. Sus fueros habían desaparecido y Tía Costala en un moscón que de una manera permanente le repetía siempre lo mismo: -Por tu culpa, por tu culpa estoy sola …

¡Cuánto hubiese dado el Tío Cualventy por saber todo lo que los brujos y algunos más sabían! Pero en muchos años no pudo saber nada. Para él Colva y Salce habían desaparecido para siempre. Poco sabía él que Salce la vía casi todos los días.

La Tía Cotorra no cesaba de viajar y hacer visitas a Hoyos y Cubías pero jamás pudo ver algún indicio de esperanza con que aliviar a Tía Costala y Tío Cualventy.

LEÓN DA SEÑALES DE VIDA

Pasaron unos años y León todos los días se practicaba en el manejo del arco y la lanza, debajo de la enorme visera que tiene la lastra de Pigüezo bajo la dirección de Salce. Ya, llegó al extremo de poner la flecha donde ponía la vista de sus ojos y algún tiempo después ya salía de caza solo.

Tuvo grandes encuentros con las fieras pero, su enorme corpulencia y su habilidad le sacaba siempre adelante. Varias veces vio a los hombres de Cualventy pero se escondía y ellos no le vieron nunca; así es que él no conoció a ningún hombre de la tribu de su abuelo aunque ya sentía curiosidad por conocerlos.

LAS GRANDES MARES

Llegó la primavera, era una mañana hermosa y el mar había dejado al descubierto sus mejores mariscos que él acostumbraba recoger por la noche. Estaba el mar un poco picado del nordeste y León contemplaba desde la puerta de su cueva el hermoso espectáculo. En esto, cayó una pequeña china a su vera, miró hacia arriba y vio que había sido el cuervo al estirar el ala pues estaba cerca el nido, disfrutando de un merecido descanso después de traerle la comida a su compañera la cuerva quien estaba clueca en el nido. Distraído estaba y fue a posar su vista sobre una pila de bolas del mar que en el recodo estaban apiladas. Se fue hacia ellas y púsose a contarlas. El ya sabía qué querían decir, eran dieciséis y cuando la cuerva se levantara del nido y salieran los polluelos serían diecisiete las piedras almacenadas y por tanto León cumpliría diecisiete años.

Seguía allí pensando esto cuando se desvió hacia un lado pues en el puntal de Sacamijo frente por frente había tres hombres mariscando. Les contempló un rato. De pronto, al hacer fuerza para extraer un marisco se rompió el sílex y cayó uno de ellos al agua. León que lo estaba viendo sin pensarlo saltó de la cueva bajando unos pasos y se lanzó al agua para reaparecer a flote con el hombre a su espalda. Nadó más de ochenta metros hasta salir a la lastra de Sacamijo, cogió a aquel hombre y lo llevó hasta la braña. Dejóle en el suelo boca abajo dándole unas friegas y volvió en sí, al tiempo que al verle la cara de su salvador y observar su gran cicatriz reaccionó asustado y quiso ponerse en pié al tiempo que llegaron los dos hombres que le acompañaron. Lo primero que vieron fue un gigante con una enorme cicatriz en la frente, pero no les dió tiempo a ignorar un solo detalle excepto la cicatriz, pues León al verles llegar desapareció y en unos segundos llegó a la cueva y contóles a sus padres lo ocurrido.

Los dos hombres que acompañaban a Tío Cualventy eran Patas Cortas y el Tío Roca, los cuales asustados cogieron por los brazos a Tío Cualventy y salieron para la cueva. No cambiaron palabra en todo el camino pero en sus caras conoció la tribu que algo había ocurrido. Llevaron a Tío Cualventy a su interior y le acostaron.

Tío Congrio mandó a Tía Costala que le diese una toma de caldo de pato marino y no le molestasen.

La noticia pasó de boca en boca por todos los habitantes de la tribu, pero Patas Cortas contaba el accidente como cosa fantástica y al mencionar al gigante salvador lo hacían con tan serio semblante que todos cogieron miedo.

Tío Cualventy tuvo aquella noche un sueño fantástico, vio animales prehistóricos desconocidos y cuando estaba en el agua unos monstruos y un enorme pulpo que con sus tentáculos le iban a agarrar cuando se vio suspendido por una fuerza invisible y ya no vio más. Cuando quiso reaccionar se vio en la braña ante un gigante con una cicatriz en la frente y desapareció. Pero el Tío Cualventy tenía una gran intranquilidad y por su cabeza le pasaban las más diversas ideas: unas veces pensaba que el hombre de la cicatriz era la maldición de la tribu; otras, pensaba lo contrario y así era, pues si hubiese obrado de mala  fe no se vería de nuevo en la tribu sino al contrario, estaría en el fondo del mar.

Pasó el día bastante tranquilo el Tío Cualventy más apenas pudo dormir, y, al amanecer, llamó a Gamo y le dijo:

Vas a correr todas las tribus de los contornos y preguntas quién es el gigante de la cicatriz en la frente, y si le encuentras le traes aquí; para ello le darás antes las gracias invitándole en nombre de mi tribu.

Así lo hizo Gamo y contestóle que en ninguna tribu se encontraba el hombre de la cicatriz. Esto puso aún más pensativo al jefe de la tribu pero no sólo a él, también al resto de la tribu, a excepción de los pocos que le conocían. Estos lo explotaban bien pues cuando les convenía le pintaban como un vengador terrible y en ocasiones como el salvador de la tribu.

REAPARECE EL GIGANTE DE LA CICATRIZ

Bastante tiempo llevaba la tribu en paz, no había carne en la tribu y Tío Cualventy organizó una partida de caza: saldrían al amanecer y prepararían una emboscada a las fieras en la fuente de las Pilas. Habían ocupado los puestos claves y así aguardaron unas horas, empezaron a oír ruido y las roturas de ramas, zarzas y todo lo que encontraban a su paso. Era un grupo de bisontes jóvenes que venían a saciar su sed, estos, unos metros antes de llegar al agua olieron a los hombres de Cualventy y sin separarse tomaron rumbo de Balcao.

La partida salió tras ellos y Tío Almendro que reveló a Tío Acebo, mandó que los fueran cercando hacia el fondo de Balcao junto a las Vigirrias y con grandes voces lo consiguieron tomando todos los puntos de las alturas desde donde podían dominarlos.

León también había salido aquella mañana de su cueva y había pasado muy cerca de Cualventy pues quería conocer a la tribu sin que ellos le vieran y al llegar al Caracolero se sentó a descansar y beber agua. Al salir de la cueva empezó a oir voces y al darse cuenta de lo que ocurría siguió a las Vigirrías y se subió a un enorme roble desde donde seguía toda la maniobra que dirigía el Tío Almendro.

Estaba pensando que la maniobra que hacía era la misma que unos días antes hicieran Vendaval y él, según las órdenes que le daba su padre. Debajo de él se habían situado dos hombres a uno le reconoció pues acompañaba a aquel hombre que un día sacó del mar en Sacamijo. Era Patas Cortas; León allí estuvo sin moverse vigilando la maniobra hasta que metieron a los bisontes en el recodo del Oeste.

Ya salieron los hombres con sus arcos pues los tenían cercados y empezaron a lanzar flechas; los animales no caían a tierra, sus heridas los enfurecían de tal manera que empezaron a hacerles frente y ya rodaban por el suelo hombres y bisontes.

La sangre de aquellos animales brotaba por todo el cuerpo, también manaba de algunos rostros de los hombres. Dos bisontes ya estaban tendidos en tierra pero quedaban tres que se habían vuelto locos. Los dos hombres que antes estaban debajo de León se veían ahora bajo los cascos de una de las fieras que les acometían sin compasión. Auxilio pedían a sus compañeros, pero estos, se veían en igual trance al tener que desembarazarse de los que les acometían a ellos.

León, que hasta ahora permanecía inmóvil, al ver la muerte segura de aquellos hombres se arrojó desde lo alto lanza en mano y fue a caer encima de un bisonte que rodó por tierra y, cuando trató de levantarse, este ya no pudo hacerlo pues su lomo estaba atravesado por la lanza de León. Sacó la lanza León, del cuerpo del bisonte y dirigióse hacia donde estaba el otro grupo que se veían perdidos. Estas fieras estaban de espaldas y él dio tal lanzazo al primero que le traspasó el corazón al tiempo que lanzaba un terrible mugido y rodó por tierra. Se fue hacia los dos que quedaban y repitió la misma operación, dejando en tierra a uno de ellos malherido. A los mugidos que pegaba este, el último salió corriendo a gran velocidad y León, cansado del esfuerzo se quedó en pié un rato sobre la lanza.

Los hombres de Cualventy no huyeron, aunque no pudieron hacerlo pues todos estaban malheridos. Todos tenían los ojos clavados en aquel gigante que tan providencialmente les había librado de una muerte segura.

León respiró fuerte, echó una mirada alrededor y salió corriendo después de recoger su arco dirigiéndose en dirección al Virdio, subió a lo alto y empezó a dar gritos de auxilio en dirección a Cualventy.

La primera en oir los gritos fue la Tía Cotorra que puso en pié a toda la tribu y el Tío Cualventy salió con todos los hombres que allí había y al llegar al Virdio no había nadie, pero, mandó a los hombres que se desplegaran y los primeros siguieron la dirección a las Vigirrias, oyeron los lamentos antes de ver a los heridos. Cuando llegaron y vieron el espectáculo no sabían a qué atender. Dieron gritos y, al momento llegó el resto de la tribu con Tío Cualventy al frente.

Tío Congrio y Tía Arnica comenzaron a curar a los heridos, se agotaron todos los cuernos que contenían las medicinas. El que mejor había salido de la matanza era Patas Cortas quien contó lo ocurrido y si hasta ese momento aquellos hombres allí caídos habíanles considerado héroes, esto duró muy poco. Cuando Patas Cortas refirió que gracias al gigante de la cicatriz habían salvado la vida, todos se quedaron sin respiración por el momento y sobre todo, Tío Cualventy que permaneció mudo por mucho tiempo.

Por fin reaccionó y mandó cargar con los heridos pero el que se encontraba mal era Tío Almendro para quien hubo que cortar dos ramas y unas veligarzas, improvisaron una camilla y entre dos, relevándose, pudieron llegar todos a la cueva.

Algunos días después, ya los hombres estaban en franca mejoría y con ello dió comienzo las conversaciones que todas giraban en la misma persona EL GIGANTE a quien la tribu le consideraba su Dios.

Tío Cualventy oyó todas estas pláticas con las cuales, después no dormía y pasábase las noches discutiendo con Tía Costala. Tío Cualventy veía en estos casos una maldición y Tía Costala, por el contrario, que era un hombre a quien la providencia mandaba salvar a la tribu cuando se encontraba en peligro.

¿Quién sería ese gigante? Decía Tía Costala.

Si ella hubiese sabido que era su nieto, el hijo de Colva que ella no dejaba de llorar, creyéndola desaparecida …

Tía Cotorra, llegó a hablar con Tía Costala y comentando lo ocurrido, los más fantásticos pensamientos le venían a la cabeza. Así charlaban las dos mujeres hasta que llegó Tío Cualventy y mandó a Tía Cotorra a su aposento.

León llegó a Pigüezo y contó a sus padres lo ocurrido, estos se impresionaron mucho pues no sabían si entre los heridos graves estaba su padre, al cual León no conocía, pero, comentando esto llegó Vendaval al cual mandó Salce fuese a Cualventy a enterarse sin que estos no sospechasen nada. Así lo hizo y al llegar, se fue directamente donde el brujo y este le contó cómo estaban los heridos.

El peor de ellos estaba Tío Almendro y creían que no tenía gravedad. Mucho se rieron Tío Búho y Vendaval con los comentarios del gigante que estos eran con Tía Nietova los únicos de la cueva que le conocían y sabían dónde estaba. Regresó Vendaval a Pigüezo y refirió a Salce y Colva todo pues al Tío Cualventy no estaba en la cacería y nada le había ocurrido.

El Tío Hurón y Tía Alisa tuvieron que hacer dos cestos más pues los que había en la tribu no bastaban para ir a Cabezón a buscar sal. Hizo falta una gran cantidad para salar los cuatro bisontes, a pesar de que parte de la carne también se ahumó pues la gruta última de la izquierda  de la cueva que habitaban para salar, nunca se había visto tan repleta de carne como en aquella ocasión. Ahora la tribu tenía cubierta sus necesidades de carne para mucho tiempo.

EN LO QUE PARÓ EL DRAMA DE CUALVENTY

Una terrible tormenta con agua y temporal azotaba la comarca, los árboles arrancados, las ramas rotas y los caminos inundados eran el resultado de la tormenta. Tío Cualventy, viejo y achacoso no dormía, le pasaban muchas cosas por la cabeza, sería la medianoche cuando salió una voz de la cueva que decía:

Mañana mismo, mañana mismo …

Tío Cualventy deliraba, Tía Costala asustada agarró a Tío Cualventy y preguntó que le pasaba, éste no contestó nada.

Al amanecer salió de la cueva sin decir nada, siguió el río y llegó a Rodero. Allí, tenía cortado el paso por una enorme alisa arrancada de cuajo que le cruzaba el camino. Tío Cualventy calzaba mocasines de piel de toro confeccionados por Tío Sabiedes y Tía Cellisca.

Tío Cualventy tenía la cabeza metida en la cueva de Cubías; quería volver a tener relaciones con Tío Sabiedes y Tía Cellisca y desde allí iría a Hoyos, a las cuevas de las Ojancanas y haría las paces con los que allí vivían.

Miró la forma de pasar por encima de la alisa pero era difícil, por fin lo intentó y cuando estaba en lo alto resbaló con los mocasines dando una caída aparatosa quedando sin conocimiento.

También León después de comer salió para Hoyos por encargo de sus padres para ver cómo habían salido Tío Alicuerno, Tía Almora y los demás de aquella tan peligrosa tormenta. Cubías era un mar de agua y tenía que llegarse a Rodero y por una gran alisa con una rama larga, solía saltar el río, pero, unos metros antes, ya vio que la alisa estaba en el suelo. Llegó hasta ella y quedóse cortado, a sus pies había un hombre al parecer muerto y sangrando por la cara. Examinóle y vio que era un viejo, cargó con él llevándole a Cubías. Ya estaba cerca cuando aquel hombre volvió en sí, le sentó en el suelo, pero éste al ver a León quiso reaccionar y perdió otra vez el conocimiento. Volvió nuevamente a cargar con él hasta la cueva del Tío Sabiedes y Tía Cellisca, estos se aterrorizaron pero al ver que era el Tío Cualventy mandaron a León por Salce y Colva los cuales llegaron enseguida.

Cambiaron de pieles a Tío Cualventy, le acostaron y diéronle una toma de caldo de gaviota.
Colva temblaba de emoción y Salce tenía miedo, no así León que presenciaba la escena con absoluta tranquilidad.

Fue volviendo en sí Tío Cualventy y al abrir los ojos lo primero que vió fue a una mujer que tenía un gran parecido a su hija, se sentó y dijo:

Tú, ¿quién eres?

Colva no contestó, se abrazó a su padre llorando al tiempo que Tío Cualventy rompió a llorar dando gritos y llamando a todos los que echara de la cueva, pues, teniendo a parte de ellos no les veía, pues estaba ciego de emoción.

Calma, calma. –Le dijo Tío Sabiedes.

Pero, ahora tenía abrazada a su hija y no se desprendía de ella. Fuéronle calmando y por fin, sereno, llamó a Salce, le pidió perdón y abrazó a León, diciendo:

Este es mi nieto, este es mi nieto. No me digáis que no.

León abrazó a su abuelo y le dijo:

Sí. Yo soy su nieto, el hijo de Salce y Colva.

En una hora, al Tío Cualventy se le habían quitado veinte años de encima y con gran tranquilidad llamó a su nieto y dijo:

Vas a la tribu donde tu abuela, preguntas por ella y le dices que prepare una fiesta, la mayor que se haya dado en la cueva.

Así se hizo, emprendió la marcha y al llegar a la alisa de Rodero y dar el salto se encontró con una mujer que al verle salió dando gritos, esta mujer, no era otra que Tía Urraca que iba a fisgar a Cubías, como de costumbre y nunca pudo encontrarse con el gigante de la cicatriz.

Siguió León y muy cerca de la cueva iban dos mujeres con un gran cántaro de barro lleno de agua al darles alcance León, pegaron un grito, soltaron el cántaro, éste, se rompió y ellas se perdieron en la espesura del bosque.

No hizo caso León y siguió hasta llegar a la terraza, encontróse con una veintena de hombres que acudieron a los gritos de Tía Lagarta y Tía Villería, pero, al encontrarse con León dieron marcha atrás y se perdieron, lo mismo hicieron los demás las mujeres se metieron en la cueva y sólo ante esta se encontró León. Este, no veía a nadie y por fin se decidió a llamar a Tía Costala, volvió a llamar y por fin, salió con mucho recato y al verle dijo ella:

Tú, ¿quién eres?
Soy León el hijo de Salce y Colva que me manda aquí mi abuelo a decirle a usted que prepare la mejor fiesta que se haya dado en la cueva.

Mi nie… -y se desmayó Tía Costala. Levantóla León y siguió dando gritos: -mi nieto … mi nieto y abrazada a León, fueron viniendo hombres y mujeres, todos contemplaban a León como a un Dios.

Tía Costala le acosaba a preguntas:

¿Dónde está Colva ¿Dónde?

Ya viene –contestó su nieto.

Pero, ¿viene Colva?

Claro que sí, está con mi abuelo y todos vienen para acá.

Tía Costala mandó organizar una gran fiesta, todo era alegría más cuando llegó Tío Cualventy y Tío Sabiedes con los demás, aquello era apoteósico sobre todo cuando Colva se abrazó a su madre, ésta la creía muerta hacía muchos años. Así estuvieron hasta que Tío Cualventy dió una voz y mandó buscar a Tío Alicuerno y los demás habitantes de las Ojancanas en Hoyos que habían habitado años atrás en la cueva de Cualventy. Estos acudieron allí, todo eran abrazos y alegría en la tribu que durante muchos años estuvo perseguida por la desgracia.

La alegría era completa en Cualventy, todos los días eran fiestas, la comida no les preocupaba tenían carne para bastante tiempo y pan para todo el año, pues la cosecha de castañas, bellotas, avellanas y hayuco había sido tan extraordinaria que solamente traían algunos mariscos para variar la comida en la tribu.

Mucho tiempo tardaron en deshacerse los corrillos comentando las aventuras desde que apareció el gigante de la cicatriz al que todos tenían pánico y resultara ser el hijo de Colva, y, por tanto nieto de Tío Cualventy.

Amanecía en Cualventy, el Tío Grajo salió con un enorme caracol y comenzó a dar bocinazos de atención, la tribu quedó toda reunida, algo importante ocurría en la cueva pues solo en estos casos Tío Grajo el Jorobado hacía uso del enorme caracol.

Reinaba un silencio sepulcral cuando apareció Tío Cualventy seguido de Tía Costala vestido con sus mejores pieles, tomó la palabra y se dirigió a la tribu en estos términos:

-Yo, ya soy muy viejo y la tribu es muy numerosa y necesita de un jefe valeroso y joven, y que la providencia le había puesto en la tribu para seguir al mando de ella.- No dejaron que continuara y todos empezaron a gritar León, León. Tuvo que hacer uso del caracol el Tío Grajo para que callasen, y Tío Cualventy, muy orgulloso les dijo: -Desde este momento ese es el jefe de Cualventy,  y todos le seguiremos a donde él nos mande.

Tío Búho y Tía Nietova con sus grandes pieles de oso y dos enormes culebras disecadas en collares, formaban el tribunal, a sus pies una enorme lumbre con leña de laurel y cuernos de ciervo. Frente a ellos estaba León cubierto con una piel de cebra, un collar de dientes de tiburón y un gorro de piel de topo, allí estaba en posición firme con su enorme lanza en la mano, por el centro desfiló toda la tribu besándole los pies, al tiempo que el Tío Búho con una hoja de capaza los iba rociando con el humo de la hoguera, terminada la ceremonia la tribu tuvo muchos días de fiesta y cuando esto escuchaba el Tío Luna se oyeron voces y la voz del Espíritu de Cualventy se apagó.

Se levantó Tío Luna y vio a los vecinos de Oreña que venían a buscarle pues era medianoche y el rebaño no había llegado al pueblo.

Se enfadó mucho el Tío Luna que extasiado había pasado varias horas escuchando y, al llegar los vecinos tuvo que darles una explicación, pero los vecinos tomaron tanto interés que encendieron la lumbre y allí amaneció, escuchando de boca de Tío Luna lo que el espíritu de Cualventy contara, y gracias a esto, podemos saber algo de los hombres antiguos que vivieron en la cueva de Cualventy de Oreña.


FIN

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